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Jóvenes en una manifestación de cierre de la fábrica de Sagunto, años 80 del siglo XX.

5 MAYO 2019 // INAUGURACIÓN, ENCUENTRO DE LECTURA Y COLOQUIO 

«Escribo sobre la melancolía para 
mantenerme ocupado y no caer en ella.»

Robert Burton

Invitado por Blanca Sotos a un nuevo espacio cerca de la estación de Embajadores en Madrid, desarrollo en su vitrina una intervención con texto de Robert Burton sobre la enfermedad clásica melancolía. 

En el interior, unas piezas a la manera de atlas emocional intentan llevar la playa negra de escoria de Puerto de Sagunto a Madrid. 

Todo el atlas se ve relacionado de manera íntima con uno de los libros de la biblioteca popular de Blanca: «Bartleby», de Herman Melville.


Imagen real de la arena de la playa de escoria de El Grao, Puerto de Sagunto.

BARTLEBY EN LA PLAYA

Proyecto de investigación de César Novella Alba, investigador en arte contemporáneo y comisario de exposiciones

“(…): se trata de una infinita persecución, por un mar infinito.”

Jorge Luis Borges

La magia antes de la tecnología

“En el invierno de 1851, Melville publicó Moby Dick, la novela infinita que ha determinado su gloria. Página por página, el relato se agranda hasta usurpar el tamaño del cosmos: al principio el lector puede suponer que su tema es la vida miserable de los arponeros de ballenas; luego, que el tema es la locura del capitán Ahab, ávido de acosar y destruir la Ballena Blanca; luego, que la Ballena y Ahab y la persecución que fatiga los océanos del planeta son símbolos y espejos del Universo. Para insinuar que el libro es simbólico, Melville declara que no lo es, enfáticamente: Que nadie considere a Moby Dick una historia monstruosa o, lo que sería peor, una atroz alegoría intolerable.”

Jorge Luis Borges, prólogo a Bartleby, el escribiente.

Bartleby, el escribiente (Herman Melville)

Bartleby se nos aparece en estos momentos como el ejemplo más paradigmático de la disidencia moderna. En efecto, el enjuto y paciente escribiente sería un ejemplo de persistencia frente a la desmemoria, intempestivo en su heroísmo antisistema, así como un esclavo emancipado en su propia subjetividad o intimidad laboral. 

Bartleby ocupa su propio espacio dentro del mismo despacho de su jefe, en la oficina del segundo piso del número X de Wall Street, estando localizado “entre dos mundos”: entre el mundo de los copistas y el mundo de los administradores. En esta posición intermedia, como el término indica, su presencia es una suerte de península, de puente entre dos orillas o directamente de mediación entre la administración técnica y sus auxiliares administrativos. 

Bartleby utiliza una frase ya mítica, al responder a cualquiera de las solicitudes de su jefe (y de la vida en general): “Preferiría no hacerlo.” Es esta una frase de resistencia pasiva, frente al trabajo, sí, y, por extensión, frente al mundo del progreso. En esto, en su posición firme e intransigente frente al mundo del trabajo es desde donde su actitud y su persistencia suponen un modelo para el artista actual, quien, frente a un mundo, el sistema del arte, se posiciona como un obstáculo frente al mismo, obstaculizándolo en su desarrollo mercantil. Desde su melancolía.

La melancolía como disidencia

Melancolía es el estado emocional desde el cual el individuo logra permanecer impasible ante las exigencias del mundo del progreso. Es por esto que Bartleby, el escribiente, el copista rebelde, mantiene una actitud improductiva e intransigente frente a las posibilidades del mundo productivo. Su aburrimiento y su descreimiento frente al mundo son actitudes interesantes a la hora de abordar un proyecto de investigación en torno al arte como hecho vital improductivo o que critique activamente dicho mundo de la productividad, que a nivel sistémico supone el mercado del mundo arte como tal.

Melancolía es la forma clásica de llamar a un trastorno maníaco depresivo generado por una situación de fatiga, tristeza e inutilidad. Tales síntomas o estados del ánimo pueden deberse al haber realizado trabajos estúpidos e insatisfactorios como trabajar en un departamento de “cartas muertas”, cartas sin destino que, clasificadas, serán quemadas sin remedio. 

Melancolía es una de las palabras más recurrentes en la obra literaria de Herman Melville.

MalinconiaIconología de Cesare Ripa

Relaciones entre literatura y artes visuales

Según Miguel Ángel Hernández-Navarro: “Las relaciones entre la literatura y las artes visuales, entre lo visto y lo dicho, entre las palabras y las imágenes, pueden rastrearse desde bien lejos. En el campo del arte visual, la exploración de esa fructífera correspondencia ha sido una constante desde el célebre ut pictura poesis de Horacio hasta nuestros días. Una relación que tuvo una de sus etapas centrales durante el período de la vanguardia, cuando de un modo más radical se borraron muchas de las fronteras entre disciplinas y comenzó a surgir un espacio intermedio capaz de diluir casi por completo los límites entre lo visual y lo literario. Curiosamente, las diversas lecturas formalistas del arte moderno llevadas a cabo por críticos como Clement Greenberg frenaron esa disolución y abogaron por una división clara y delimitada entre el arte visual y el arte literario, tratando, por todos los medios, de expulsar a las palabras y a las historias del ámbito de lo visible, que debía ser exclusivamente óptico y transmitir experiencias específicamente visuales.

Esta lectura de la historia del arte –que, por supuesto, afectó a la propia práctica y dio lugar a un arte obsesionado por encontrar la pureza de lo visual- comenzó poco a poco a deshilacharse a finales de los años cincuenta del pasado siglo, cuando un gran número de artistas, críticos e historiadores volvieron a ser conscientes de las lábiles fronteras entre lo visual y lo lingüístico y a aceptar que, como ha escrito Mieke Bal, los medios no son puramente visuales o lingüísticos: las imágenes se leen, la escritura crea imágenes; no hay medios puros. Esa toma de conciencia de un arte más allá de la pureza de lo visual es la que, según Martin Jay, se encuentra en la base de muchos de los desarrollos del arte de neovanguardia, que recupera con violencia la presencia del lenguaje y lo literario, hasta el punto de que pueda afirmarse que es precisamente el lenguaje –junto con el cuerpo y la política- uno de los elementos vertebradores de los desarrollos del arte reciente. Un elemento, el lenguaje, que llega a las fronteras de lo textual en el arte conceptual y las traspasa en muchas de las prácticas artísticas que de forma progresiva se adentran en el ámbito de la escritura. Pienso, por ejemplo, en los dibujos textuales de Robert Morris, en las obras de Art & Language, en movimientos anteriores como el letrismo, o en artistas como Vito Acconci o Marcel Broodthaers, originalmente poetas, que acabaron llevando la poesía al campo de lo material y tangible –al cuerpo y la performance, en el caso de Acconci; y a la materialización de las convenciones perceptivas e institucionales, en el caso de Broodthaers.”

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