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rascacielos, de yuri tuma

domingo 16 de 13:00 a 18:00 h

Cuando las vitrinas son vidrieras: instrucciones para perderse en jardines de cristal.

Unas palabras sobre Rascacielos, la participación de Yuri Tuma en #vitrina (marcablanca, enero 2020)

Su aire elegante hacía pensar en un paseo por las rosaledas de algún silencioso English Garden o en una ruidosa y alborotada reunión de cualquier Biergarten de Alemania;pero, en realidad, estábamos en la selva más peligrosa: la ciudad.

bola de cristal

Escribir nunca es fácil, es siempre complejo; o como diría la versión infantil de mi hermana mayor, es difácil.Tropiezas con una piedra –esa piedra–, metes la pata en un hoyo –ese hoyo– por estar pendiente de un zumbido –ese zumbido–, de un destello –ese destello–… la vuelves a meter –la pata– (una y otra vez, porque ahí está la gracia) mientras te distrae una fragancia juguetona que se acerca y se aleja sin saber de dónde viene ni a dónde va acompañada de un ruido metálico que te alerta sorpresivamente –¡buh!– de que algún bicho exótico –ese bicho– está al acecho; y entonces a mí me da por preguntarme si será ese bicho –ese mero– de color azul o tal vez dorado; si vuela, camina o muerde; si tal vez es venenoso, si va acompañado de sus crías o si está de caza. También me pregunto qué significa eso de «sorpresivamente.»

Si es cierto que escribir es siempre complejo, escribir sobre arte contemporáneo es otro cantar. Para empezar, el lector espera leer y encontrar un mensaje o una novedad, alguna novedad que le haga saber algo que no supiera: algo claro y distinto, oculto pero evidente para todos. Sin embargo en este texto ni se cuenta ni se da cuenta, no hay un revés, ni trama ni costura, detrás de todo esto no hay nada –ni siquiera el tan deseado chisme–; lo que sí hay es interés, es decir, eso que literalmente está entre los seres, y de eso yo no sé«nada»(porque ni siquiera hay una «nada»que ocupe negativamente el lugar de «algo»); como en aquellos tristes y decadentes libros de aventuras juveniles en los que cada lector escogía «su propia aventura»sin salirse del guión, claro está, porque era imposible huir de cada paso del desarrollo de cada historia (una y otra vez, ahí está la gracia).¿Hay algo más cruel que imponer a un personaje su destino y su carácter eternamente? ¿No es ése el peor de los castigos? Y, ¿acaso no consiste en eso vivir, así en infinitivo, sin tiempos ni espacios actuales, posibles o imposibles? Mirar, así en infinitivo, a las musarañas, con la mirada perdida indefinidamente, sin hay novedad alguna (una y otra vez, ahí está la gracia): escribir, borrar, re-colocar… sembrar, podar, cosechar. ¿No son materia el aire, el calor, las modulaciones del sonido que atraviesan como la luz vitrinas de doble filo dejando algo que ni ocupa lugar ni se puede tocar, algo que poder acariciar sin tocar –ese zumbido, ese destello–?

¿Esto que hago se puede llamar escribir o podrían más bien denunciarme bajo la acusación de dispersión? Así no prenden las semillas, dicen. ¿Es mi diagnóstico derrame cerebral? Así fluye y así se detiene la vida, dicen. El comentario del maestro que critica una divagación inútil y el discípulo que, sin saberlo, no hace sino ejercer la pérdida de tiempo, de espacio, de energía por nada, sin necesidad de acusativo y en un eterno infinitivo, lo más opuesto a una concatenación lógicade sucesos: la libertad de pensamiento indómito. Por negarse a escribir sin ser uno mismo, por no dejar de ser fieles a sí mismos, por defender el valor de las cosas –generalmente consideradas carentes de valor y utilidad– herejes y brujas o astrónomos,filósofos, teólogos, matemáticos, médicosopoetas, entre otros, han ardido en la hoguera frente a una multitud o tal vez solos, en un día nublado o incluso soleado, tal vez bajo una lluvia torrencial ateridos por el frío previo a las horribles llamas o, con suerte, felizmente inconscientes. Pero parece que eso a nadie le importa. Los detalles sólo son para los funcionarios que cenan solos cuando llegan a sus casasdespués de cuadrar las cuentas (una y otra vez, ahí está la gracia). Son precisamente las cenizas el alma del fuego que dicen que no vale nada, que no sirve, no huele, pesa pero no habla (salvo en raras y contadas excepciones): no tienen complementos directos, son pruebas de la transcripción perdida. Como advertía Walter Benjamin: «Perderse en una ciudad, como quien se pierde en el bosque, requiere aprendizaje». ¿Pero qué aprendizaje es ése que no habla de medidas ni distancias sino de gestos y detalles? ¿Cuáles son las semillas que detonan en las auténticas experiencias, las que irrumpen e interrumpen la historia?

yuri tuma tras la vitrina

La participación de Yuri Tuma (Sao Paulo, 1983) en la #vitrina de marcablanca durante el mes de enero de 2020 fue la última antes del estado de alarma1. Bajo un nombre un tanto equívoco, Rascacielos, el artista brasileño y residente en Madrid invitaba al viandante a meterse en jardines sin siquiera entrar. Una vitrina de cafetería, una de esas alargadas sobre las que colocan las tazas del desayuno que habitualmente encierra la colección de #librosvolés, hace las veces de nota al pie de la vitrina principal: un ventanal que cada mes es ocupado por un artista. Sobre la calle inclinada, cuesta abajo, la vitrina de cafetería –la vitrina de los #librosvolés– hace pie gracias a uno de los ejemplares del libro en torno al cual sucede todo, y el cual no es sino una excusa. Tan es así que ni siquiera diremos su nombre.

El recorrido que propongo a partir de la ocupación-apropiación de ambos lados de la vitrina de marcablanca, ahora que sabemos que no hay un algo –ese acusativo, ese objeto directo que complementa y da sentido al verbo– que ocupar, podría diseminarse como un trabajo urbanístico, barroco y sutil, que no deja de evocar esa icónica imagen de Nueva York de los rascacielos en llamas; y de pronto, el sonido de un ascensor en continuo movimiento. Algo maravilloso de Yuri es ese juego sutil en el que entremezcla planos de realidad, ensueño y deseo. De lejos cuesta distinguir la músicade fondo de sus jardines: el sonido de un viejo ascensor, un montacargas o un elevador (¿por qué no un descendedor?) que sube y baja eternamente de un punto a otro con alguna parada en alguna planta de alguno de esos rascacielos, sin que a nadie parezca importarle (una y otra vez, ahí está la gracia). Las ramas, las maderas, piedras y raíces, así como los ladrillos, las baldosas y todos los vidrios rotos han sido recogidos de la calle. Sobre este asunto sólo diré que tanto Yuri como yo compartimos ese espíritu de recogida y acogida, puesta en marcha y puesta en libertad. De agarrar y soltar. Supongo que con sólo decir Ready Made,la cosa bastaría; pero la filosofía, esa enfermedad crónica que unos llevamos peor que otros, que ni enseña, ni enseña algo, ni enseña nada, que se adentra en jardines que no llevan a ninguna parte, que acaba perdida en bosques y selvas buscándose a sí misma, desorientada, imaginada, irreal: sólo ella tiene esa extraña suerte de no ser –esta vez en infinitivo– jamás de los jamases. 

Por eso planteo que este texto y esta exposición2encarnan imaginariamente –y sorpresivamente– el diálogo, la conversación que durante meses hemos sostenido desde que Yuri entró en marcablanca por primera vez. Editar desde el texto y desde la obra misma son una misma común de estar en la calle, a la vista de todos, públicamente. Las insinuaciones de Yuri no pretenden marcar un estilo, definir una manera de habitar un espacio, se trata más bien de imaginar modos im-posibles de pensar paisajes sonoros y ambientes textuales, sentimentales, emocionales que siempre han estado ahí a la vez que se han mantenido escondidos, ocultos. Es a partir de esos no-lugares imposibles, que ni siquiera existenen nuestra imaginación, a partir de los cuales se esparce la prolífica exégesis de un largo proceso de creación que, como decía, comienza en la vía pública, en la propia calle: como líneas de dibujo azules, moradas y marchitas, varios esquejes moribundos cuelgan del cierre metálico del local vecino; un grupo de ramas dispersas a lo largo de la acera apartan a unos y otros de su camino, que se desvían levemente casi sin inmutarse; otro hatillo descansa sobre un desagüe que recorre la pared del colegio de al lado… no queda claro si es un gesto imperceptible al que atendemos como niños escondidos esperando a ver cómo el animal cae (una y otra vez, ahí está la gracia) en la trampa, que no es una trampa aunque algo tiene de ardid. Pues bien, somos afortunados, varios paseantes se cruzan al mismo tiempo y, entonces, comprobamos –sorpresivamente– que la misma acción se repite una y otra vez: todos se apartan, hay un camino invisible que todos respetan. Nuestro jardín invisible está ahí, aunque no exista.

Bajo un coche se oculta un ladrillo haciendo tope con la rueda delantera y algunos pedazos de asfalto rodean el alcorque en el que está aparcada mi bicicleta; el pedal sostiene otro trozo de bloque de construcción gris, uno de esos que encajan con otro, esta vez roto y sin encaje posible. Varias ramitas haciendo corrillo y esparcidas por el suelo emulan un mikado natural que, de la misma manera, es sistemáticamente evitado. Y más hojarasca, hojas secas, hojas muertas, hojas caídas. Secas, muerta, caídas pero en las que aún puede leerse su sensualidad y su sabiduría, si se atiende con cuidado y sin prisas. Completa la escena desde lejos el único ser vivo que habita la biblioteca, una pobre cala abandonada en un contenedor de basura. Un poco más allá, reposando en el suelo un adoquín de baño con una flor de loto. Y entonces recuerdas que sobre la farola reposa otra baldosa alargada, otra más esta vez sin flor de loto. Y colgado sobre la pared, un cristal transparente delineado en negro. Una vitrina sin nombre, con una nota al pie de página en el que con letras de color negro y naranja fluorescente puede leerse: YURI TUMA, RASCALIELOS. 

Cuando atraviesas al otro lado del cristal, una colección de páginas acristaladas e iluminadas por una vela en su parte trasera crean una línea de fuga, una línea recta que llama a adentrarse más allá del marco de la puerta: varios cuadrados y un círculo que rompe con esa pulcritud tan característica del trabajo de Yuri ocultan las velas que iluminan las páginas atrapadas entre dos cristales, ahumados, clavados literalmente sobre una base de madera. Y de pronto, ese olor característico del atardecer en el campo, lejos de las luces de la ciudad… De frente un jardín irregular de esculturas móviles conformadas por raíces y pedazos de mármol blanco rompe el orden anterior. A disposición de cualquiera, un móvil, cualquier móvil, hace las veces de linterna y desde un ángulo contrapicado, las esculturas toman vida y se convierten en pequeños insectos, artrópodos, insectos, virus y bacterias ampliadas, que toman vida, se alejan y se acercan a la luz, sea ésta natural o artificial, como las hojas de una planta que se asienta en un lugar después de ser transplantada.

En este escenario con aires barrocos –que parece más una pintura al óleo de una naturaleza muerta3o un bodegón clásico que una obra multimedia (signifique eso lo que signifique)– todo está rodeado de libros. Las paredes están cubiertas por estanterías que dejan ver lomos, títulos, a veces anagramas. Esa hilera de estanterías acompaña y respalda a Yuri, que saben bien que los libros irradian. Hay libros que han quedado acomodados de aquellamanera, dispuestos frente a los huecos que ocupaban donde ahora las pequeñas esculturas respiran y en cuya mancha ahora sí reparará el lector distraído, ése que se salta la línea, la página, el detalle. Y así, atrapadas en uno de tantos recuadros regulares, las muy ufanas creen ser libres, potencian su espacialidad, su entorno, su ambiente desdibujando lo que antes era un lugar. Las pilas de libros que se erigen sobre el suelo ofrecen otra perspectiva, esta vez aérea y alejada de los edificios, sobrevolamos la ciudad y divisamos bloques dispersos aquí y allá, desplazados que creyeron perder sulugar… No obstante, en este paso del Ready Madeal Land Artalgunos olvidan que la biblioteca de un editor está, valga el pleonasmo, más viva, se mueve y se acurruca cuando está a gusto y se revuelve cuando no lo está. Y si uno echa un vistazo en torno a sí, se verá a sí mismo en un patio andaluz rodeando una fuente con forma de mesa y sobre la cual se muestran los libros quemados de Yuri, donde las líneas han sido cauterizadas y los espacios vacíos son algo a lo que poner cuidado. Los libros, apilados sobre el suelo, han sido desplazados de las estanterías para dejar aire y dar un respiro, y así incluir las pequeñas esculturas de cristal de mármol y raíz que salpican el espacio, pero Yuri plantea algo más allá de un jovial paseo de caminos por un jardín con especies de diversas texturas, formas, estructuras en las que los elementos industriales de construcción y los biológicos están expuestos como naturalezas muertas.

Y lo peor es que, además, esto no es exactamente una biblioteca: no es ni sí ni no, ni blanco ni negro. Es un reducto de libertad, en resistencia, donde se preserva el valor de las llamas porque conocemos la tradición de los libros quemados y sabemos de hogueras e inquisiciones4. Quemar un libro dentro de una biblioteca es un ritual que tiene algo de mágico, de chamánico –con una dimensión mística que de tan evidente, merece no ser siquiera nombrada (al fin y al cabo, ¿somoslectores, es decir: sabemos leer, hacemos lecturas, coloquialmente, leemos, no es así?).Quien ha leídoa Agustín sabe que la muerte no sólo tiene la capacidad de destruir, su faceta más explotada… siempre terrorífica y horrible, más allá de su encarnación fea, católica y sentimental; este Padre de la Iglesia –desaparecido durante años en paraísos lejanos y exóticos que volvió arrepentido para parir Las Confesiones,el mismo que defendió que la unión carnal entre dos personas desbordaba por completo la procreación– nos regaló un pequeño bálsamo para el alma, a saber, que la muerte y la destrucción conllevan la conservación en sí misma de manera natural. Cuando Yuri escribe, dibuja, y cuando se deja llevar por las llamas, la acción de quemar se desborda y se convierte en una declaración de intenciones: ¿No es quemar una manera de escribir(con un pirógrafo)? ¿Es esta escritura la misma que aquélla que realiza las labores de transporte de un mensaje que ha de ser leído? ¿Hay algo–ese complemento que nos atormenta– que leer, algo queser leídomás allá o más acá, en el gesto? Es más, ¿se puede leerun gesto? ¿No es precisamente eso que los griegos llamaban fonélo que no es logos, es decir, lo indecible, lo inefable, lo impronunciable, lo que se dice? Por estos vericuetos, jardines perdidos y hechos cenizas, desorientados y desubicados, sin horizonte ni panorama a la vista (sin carácter) y con los límites desdibujados (sin destino), el mensaje secreto se escucha mal, se leeborroso, entre velado como en sueños, como si ya hubiera sido o como si estuviera a punto de ser de nuevo o dejando de ser de una vez. El gesto repetido (una y otra vez, ahí está la gracia) de Yuri es, de alguna manera, una marca que huye del contacto, no hay presión ni impresión, no hay roce ni tacto, es un secreto, otro gesto, y un ritual de humo y fuego en el que las manchas que desprenden las propias páginas del libro en su combustión codifican un conjuro que quedará preservado en esta extraña biblioteca como las tablas de madera que protegen los árboles en las ciudades (¿Hay algo más tierno a la par que cruel que proteger un espécimen con un cadáver de su propia especie?).

Una vez dentro, el exterior está intermediado por un cristal sobre otro, apilados como libros, apoyados sobre la cara interna de la vitrina, del otro lado. Dibujan el perfil de una ciudad, pretendidamente irregular y asimétrica, con sus altibajos y sus bajos fondos; un perfil lejano e irreal, frágil, dañado y peligroso como el animal herido que enseña los colmillos de cristal y en primer plano un palo cuelga del techo señalando en el suelo un punto en el que las cenizas quedan reunidas. Esta ciudad transparente nos protege de la verdadera ciudad y protege a la verdadera ciudad, la que está ahí fuera donde habitan aquéllos que preguntan si la biblioteca es una cristalería porque necesitanreparar una ventana, de nosotros (una y otra vez, ahí está la gracia). Y esos mismos ojos que antes, exactamente a las 13:00 horas, eran testigos de una epifanía casi mística, la acción repetida y diaria de un mensaje en el que la luz, que no es fuego sino rayos de sol, dibuja o escribe mensajes secretos sobre el vidrio de la vitrina que a su vez atraviesa los cristales expuestos lanzando una tenue luz azul que acaba por desplegar un arcoíris de colores. Como aquél que mira y no ve, el cristal se convierte en el mismo ojo que no comprende unas inscripciones tan pronto enigmáticas y secretas, como exóticas y raras a la vez que comunes. Esos jardines secretos no están ni dentro ni fuera, son lo que une y separa, el límite limitante, la frontera en la que nadie es de ninguna parte. No son.

Por eso todo lector sabe sin saberlo que las blancas son imprescindibles: toda mirada necesita un descanso. Es igualmente necesario un hueco para notar la falta, puesto que la carencia se define negativamente, no hay otra posibilidad para hablar de lo que no está sin presuponer que en algún momento hay, hubo o habrá un objeto directo, un acusativo que dé sentido completo al verbo, algo tan vago como algonada.

Y del subsuelo y de lo que allí se esconde, como lo que bajo estas líneas se esconde, seguiremos hablando cuando ya no queden palabras.


Nombro la pandemia por una única razón, éste es un texto retrospectivo que mira con nostalgia a un jardín en el que aún persiste un pedazo de aglomerado de asfalto que, de momento, nadie ha retirado: Nuestro jardín persiste, Yuri.

Acordemos en llamar«texto»a la forma de esto que lees y «exposición»a su contenido, en caso de haberlo; si así resulta más claro, para este lector ya mareado con tanto guión, tanto paréntesis, tanta subordinada, no son ni la misma cosa ni cosas distintas: ambos,«texto»y «exposición»son equívocas y confusas.

Esto es una señal y una llamada a escapar de una de esas carreteras sin desviaciones ni conexiones, accesos, entradas o salidas; ésas que fundan lugares comunes a donde todos somos capaces de llegar con los ojos cerrados y de los que es muy difícil lograr salir. Esta expresión, «naturaleza muerta»,un pleonasmo más que un símbolo, no invita a la imaginación; arrastra como los derrames, por oculta y evidente para todos, porque parece lógico afirmar que sólo puede morir lo que es natural, a lo que sigue la pregunta ¿qué queda fuera de la naturaleza? ¿Acaso no envejecen las naturalezas muertas? ¿Puede decirse de un pigmento que es natural y que, por lo tanto, está o estuvo vivo y murió o morirá? ¿Nos hace falta que nos recuerden eso que pretendemos olvidar constantemente, la muerte?

En un país tan católico como lo es España, las hogueras de San Juan, una costumbre de origen pagano, tienen un peso notable y una participación masiva; no es, en absoluto, el único rito en el que el fuego adquiere un papel relevante, ya sea de una u otra manera.