épsilon encuentra un artículo que beta ha escrito sobre la lectura en parques, trenes y bibliotecas. 

beta es una autora consagrada y bastante prolífica, aunque últimamente solo escriba y publique artículos y alguna que otra conferencia. 

épsilon ha comenzado a leer el artículo con desconfianza; el tema le parece uno de los más tópicos sobre los que alguien pueda hablar, uno de esos temas que los autores suelen tratar con excesiva condescendencia, y que les sirve para enseñar sus buenos —y cuantiosos— hábitos de lectura. pero claro, ¿no les han pedido que hagan justamente eso: ejercer de auctoritas, escribir sobre lo que saben? 

en realidad, épsilon lee a beta para ver lo que dice y cómo lo dice. lo hace con una mezcla de curiosidad y malicia, ya que considera que la forma de expresarse de beta se ha vuelto, con el tiempo, cada vez más impostada, y su escritura —deduce— no tiene por qué haber seguido una evolución distinta. eso le confiere al texto que tiene delante un incentivo adicional: la promesa de una recreación múltiple. 

comprueba la extensión del artículo. ¡es largo! termina el café de un trago y, en el momento de apoyar la taza en el plato tiene, ya, su primer veredicto: va a leer un artículo complaciente: beta empieza el texto con una cita de cicerón: si junto a la biblioteca tienes un jardín, ya no te faltará nada. 

bravo, cicerón. 

brava, beta. 

épsilon se frota las manos; va a encontrar en las siguientes dos páginas un montón de perlas como esa. mira una vez más la calle para tomar impulso. ve pasar el 17 con muy pocos pasajeros, un perro que arrastra a una chica tensando la correa, un viejo con sombrero de fieltro que se detiene en la esquina y mira tres veces a cada lado antes de cruzarla.

el artículo comienza con una anécdota que habla de la lectura como refugio: como forma de abstraerse de los problemas que atenazan al mundo y de las tropelías varias que los medios difunden o fomentan; habla de las cualidades terapéuticas de la lectura, ponderando sus atributos morales a través de ejemplos positivos y negativos; habla del placer que proporciona la concentración; de la lectura como forma de convertir acontecimientos en ideas… 

hasta que tropieza con una frase que lo hace detenerse: el mundo llama inmortales a los libros que le explican su propia vergüenza. 

es una cita. nada más y nada menos que de óscar wilde. el gran óscar, dice épsilon para sí mismo. una cita fantástica. ¡qué bien que hizo beta en elegirla! 

en realidad, beta no es tan aburrida como él se empeña en creer. por algo suele leerla; siempre tiene alguna que otra frase ingeniosa y sus análisis son, por lo general, bastante acertados. 

pero esta cita… ahí sí que la clavó. pone en palabras una idea que él hacía tiempo que venía dándole vueltas, como si hasta ese momento hubiese estado escondida en algún recoveco de su intuición, “esperando a ser iluminada”, piensa con ímpetu literario. 

se palpa el bolsillo. no lleva el bolígrafo encima. “¡camarero!” el camarero está a unos cuántos metros de distancia. sonríe para rebajar el tono imperativo que adquirió su solicitud. le hace el gesto de escribir con la mano. 

mientras espera el bolígrafo, vuelve a leer la cita de wilde. esta segunda lectura lo desconcierta. leyó mal: leyó “inmortales” en donde decía “inmorales”. el mundo llama inmorales a los libros que le explican su propia vergüenza. “no me jodas, wild”, piensa. “con lo perfecta que te había salido la primera vez.” ya decía él que beta no podía haber elegido una frase tan buena. la clarividencia de ambos se le viene abajo. pero, en su lugar, ¡surge otra!: la suya. fue él quién leyó “inmortales”, fue él quién la creó, ubicándola en ese contexto. qué más da que lo haya hecho de manera inconsciente o semiconsciente. 

¿en dónde se ha metido el camarero? ¡necesita el boli!